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Los nombres propios forman uno de los grupos de palabras que más complicaciones presenta cuando se trabaja en una traducción. Antiguamente la tendencia era españolizar prácticamente todas las palabras que nos llegaran en otro idioma, incluso algunos nombres de personas. No hay que olvidar que ha llegado hasta nuestros días la costumbre de cambiar el nombre de miembros de las familias reales europeas. El problema se acrecienta cuando debemos plantearnos la idoneidad de traducir los topónimos. ¿Es realmente necesario o sería preferible llegar a un consenso para construir en el futuro una lista universal? Como vamos a explicar, ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo.

La extensión del inglés como idioma universal y la globalización han aniquilado progresivamente esa tendencia a españolizar prácticamente todo. Las nuevas generaciones no muestran tanto pudor por el ‘mestizaje’ lingüístico y cada vez se aceptan con menos pudor las palabras en otras lenguas. Sin embargo, cuando nos referimos a lugares geográficos, existen ya algunos términos con los que estamos tan familiarizados que nos resultaría prácticamente imposible habituarnos a utilizar ahora su forma original.

Tipos de topónimos

Para entender mejor si existe la necesidad o no de traducir los topónimos, lo primero que hay que tener en cuenta es que para denominar países, regiones o ciudades existe lo que denominamos endotopónimos (o endónimos) y exotopónimos (o exónimos). Los endónimos son simplemente los términos utilizados en la lengua local para denominar un determinado lugar y los exónimos, las palabras que se han generalizado para mencionar dicho lugar y que en muchas ocasiones son resultado de la colonización europea.

El problema es tan complejo que existe incluso un Grupo de Expertos de las Naciones Unidas para los Nombres Geográficos (UNGEGN). Está formado por 400 expertos de más de 100 países que se reúnen cada cinco años en una conferencia internacional para intentar estandarizar los nombres geográficos. Este grupo de expertos, movido seguramente por las nuevas realidades geopolíticas, aconseja que en la actualidad se mantengan los endotopónimos en la medida de lo posible. Aunque podría parecer un guiño a los nacionalismos tradicionales, el criterio de la ONU también tiene un componente práctico y se plantea agilizar la documentación en transacciones comerciales o acuerdos diplomáticos.

Ante la recomendación de este grupo de expertos internacional, la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es algo más conservadora y manifiesta su preferencia por hispanizar los topónimos en la mayor parte de los casos. Distingue seis posibles casos de traducción:

  1. Topónimos traducidos al español y que utilizamos de forma habitual. Es el caso de Londres (London), Nueva York (New York), Marsella (Marseille) o Milán (Milano).
  2. Topónimos que nunca han sido traducidos al español y que mantienen su grafía original o una ‘traducción puente’, incluso en la acentuación: Washington, Melbourne o Conpenhague (del inglés Copenhagen, en danés København).
  3. Topónimos cuyas traducciones al español ya no se usan. Por ejemplo, Ankara (Angora), Maastricht (Mastrique) o Bremen (Brema).
  4. Topónimos que usan el endotopónimo como forma oficial, pero que cuentan con una traducción en español vigente que la RAE sugiere mantener. Pone como ejemplos Calcuta (Kolkata), Moldavia (Moldova) o Bombay (Mumbay).
  5. Topónimos derivados de la transliteración a otras lenguas (habitualmente inglés y francés) de términos que carecen de escritura o que provienen de alfabetos no latinos. Es muy habitual en África y en zonas de Asia en las que existió la colonización europea. Por ejemplo, Zimbabue (no Zimbabwe) o Punyab (no Punjab).
  6. Topónimos procedentes de lenguas que no poseen el alfabeto latino. La RAE aconseja en este caso utilizar “la forma gráfica que resulta de aplicar las normas de transliteración”. Ocurre con Shanghái, Cantón (originalmente Guangdong como provincia, Guangzhou como capital) o la más común Pekín (Beijing).

Recomendaciones para traductores

Los criterios de la RAE pueden ser aplicables para escribir un texto literario o cualquier documento que busque la máxima corrección lingüística. Pero, ¿qué ocurre cuando necesitamos usar los topónimos válidos jurídicamente en una traducción jurada, por ejemplo? Miguel Vidal Millán, de la Dirección General de Traducción de la Comisión Europea, ofrece algunos valiosos consejos en un artículo publicado por Fundeu.

En primer lugar, recomienda a todos los traductores tener siempre a mano el Libro de estilo interinstitucional de la Unión Europea (UE) para poder consultar su ‘lista de Estados y territorios’. Como con otras cuestiones culturales, los profesionales de la traducción están obligados además a conocer la actualidad política y tener la sensibilidad suficiente para no modificar gratuitamente un topónimo que podría mantenerse en su forma original.

Vidal Millán destaca la importancia de distinguir entre un texto divulgativo, en el que puede utilizarse el topónimo más conocido por los lectores, y un texto jurídico, que en ocasiones obliga a utilizar topónimos menos habituales en el lenguaje coloquial, como Côte d’Ivoire por Costa de Marfil. En el caso de que un traductor se tope con un topónimo extraño, aconseja consultar toda la documentación y a los expertos que sea necesario antes de traducirlo. Y si se trata de un endotopónimo en un alfabeto no latino o sin escritura, usar las normas establecidas para la transliteración.

En definitiva, ¿cuál es la pauta que deben seguir traductores e intérpretes ante un topónimo? Como en muchos otros asuntos, recomendamos utilizar el libro de estilo más valioso, el sentido común, y documentarse con material especializado para no cometer errores que pueden evitarse sin complicaciones.